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Se apaga el Diario de Los Andes

En una mesa para seis, donde esperaban turno para almorzar los redactores, ahora quizás nadie coma. Devenido en semanario y después reducido a sitio web por la crisis económica, ya su sala de redacción no es un escándalo a mediodía. La Quinta Luz, número 0-52 de la urbanización Mérida, sede del Diario de Los Andes Táchira en San Cristóbal, luce ahora apagada.

Por Daniel Pabón

A mediodía solo Judith Valderrama habita la redacción del Diario de Los Andes. El periódico es su casa desde que empezó su ejercicio profesional en 1997, como también lo es para Mariana Duque desde que ingresó como pasante en 2008. Valderrama y Duque, dos muy destacadas periodistas tachirenses, han seguido desde entonces los cambios del medio. Y son las dos únicas que este día de mediados de 2018 siguen firmando con esa casa editora.

Cuando Valderrama recibió el primer salario, le parecía mucho dinero. Aunque entonces la economía nacional había alcanzado por primera vez una inflación anualizada de tres dígitos, con sus trabajos periodístico e institucional adquirió carro a los tres años, compró un terreno, pudo construir una casa. Ahora, en tiempos de bajos salarios, es ella quien tiene que financiar a la empresa; visto de alguna manera, “pagar” por seguir allí.

Recién lo volvieron a hacer. Por cuenta propia, con un aventón, Valderrama y Duque se valieron de sus medios y recursos personales para viajar más de 40 kilómetros hasta la frontera de Venezuela con Colombia y contar la llegada de los Cascos Blancos argentinos, en el contexto de la crisis migratoria que vive el último rincón de la patria. Así se ha vuelto rutina: sus teléfonos para llamar a la fuente, sus carros para moverse a la entrevista en una región donde la gasolina tiene un cupo mensual de despacho y donde hay colas todo el mes.

Si la pauta hubiese sido antes del 2 de octubre de 2015, entre otros cambios habrían tenido transporte y celular de la empresa. En ese día, mes y año, la edición número 8.225 del hasta entonces diario tituló con un “Nos detenemos para reinventarnos”. Sobre un recuadro vinotinto, como la selección nacional que en esa fecha había ascendido al puesto 69 de la FIFA, compartieron razones: los elevados precios de las planchas y, claro, en su caso los problemas de transporte.

En un concepto editorial único en Venezuela, Diario de Los Andes mantenía ediciones zonificadas para los estados Táchira, Mérida y Trujillo. Un producto realmente andino. Pero, como la única rotativa siempre ha estado en Valera, ciudad trujillana asiento de la marca, la edición Táchira debía rodar todos los días unos 350 kilómetros hasta la lejana San Cristóbal. Como una antorcha de fuego noticioso, hasta la Quinta Luz.

Cuando Valderrama recibió el primer salario, le parecía mucho dinero. Aunque entonces la economía nacional había alcanzado por primera vez una inflación anualizada de tres dígitos, con sus trabajos periodísticos adquirió carro en tres años

“Cuando era diario, nosotros en un momento sí tuvimos nuestros propios camiones —evoca el editor, Eladio Muchacho—. Yo decía que ellos eran unos héroes, porque todas las noches agarraban esa carretera para amanecer en el Táchira”.

Una carretera Panamericana que multiplicó sus huecos por escasez de asfalto, sus trancas por diversos reclamos ciudadanos y sus puentes caídos en temporadas de lluvia, eran imprevistos que obligaban a dar la vuelta (¡vaya vuelta!) por el Zulia. Bien podían llegar a las 11:00 de la mañana con un periódico frío que, por ese resto del día, frío se quedaba.

El líder llamado La Nación, que lo duplica en años, ha sido la competencia tradicional de Los Andes en materias de circulación, publicidad y ventas. Con menor despliegue, el tercero que hasta octubre de 2015 completaba la oferta tradicional de periodismo impreso en las calles y los kioscos era Diario Católico. Escasos meses después, el 31 de enero de 2016, este medio de la Diócesis de San Cristóbal repitió la historia de Los Andes: se despidió como diario y anunció su transformación a semanario.

Ambas metamorfosis mediáticas se dieron casi al unísono. El 29 de enero de 2016 Los Andes gritó por escrito su primer “Aquí estamos”, con nueva periodicidad semanal. Una apuesta con “más y mejor periodismo”, se leía en el editorial.

A pesar del cambio, entonces no despidieron a nadie. El editor se había resistido a hacerlo, recuerda Valderrama. Los cuatro diseñadores y 18 periodistas repartidos entre San Cristóbal y hasta cuatro corresponsalías del interior del Táchira, se reorganizaron: Un equipo para semanario y otro para web. Pero la reducción de personal se hizo inevitable en 2017, más o menos cuando los economistas empezaban a hablar de hiperinflación.

“La primera situación que nos afectó fue la económica. La segunda ha sido que, como en todas las empresas, la gente se ha ido. Después de esa reducción de personal renunciaron otros e incluso tres colegas emigraron” —dice Valderrama. Una estampida en dos oleadas.

Menos periodistas (siete entre semanario y web, en nómina de julio), también menos empleados de administración (cinco, aunque fueron el doble o más) y menos páginas en las manos de los tachirenses: Cuando Los Andes era diario se imprimía a entre 32 y 48 páginas formato tabloide, incluidos sus suplementos, como la revista dominical, el infantil y los productos editoriales especiales y temáticos.

Con su cabecero azul característico, el semanario se abrió espacio dejándose ver cada viernes (y a veces hasta los jueves) con las mismas 32 páginas, aunque al cabo de dos años y hasta su desaparición ya se había compactado a 16 y decolorado a blanco y negro. Como semanario eran medio periódico de un día a la semana, visualiza con agilidad Valderrama, la blanca y rubia ganadora del Premio Nacional de Periodismo en 2005 por revelarle al país, desde las páginas del Diario de Los Andes, el síndrome de los “niños grises” del Táchira.

Se imprime periódico de ayer

Que falle Internet agranda el problema para la empresa periodística. Ocurrió (otra vez) en julio pasado, cuando la región andina permaneció sin conexión ABA de la estatal Cantv desde el lunes 9 y hasta el miércoles 11. Eso complicó los procesos productivos: no pudieron imprimir el semanario el miércoles, su día habitual, porque no había manera de enviar las páginas diagramadas y, por si fuera poco, por los concomitantes cortes de electricidad que tanto dejan estas montañas en penumbras. Lo imprimieron el jueves tarde, pero como en su ocaso el semanario viajaba por un transporte público que también vive su propia crisis, después de las 5:00 de la tarde no se los recibían. Entonces quedó para enviar el viernes y la distribución local finalmente se cumplió el sábado. Tarde.

Esas páginas, por atractivas y cargadas de noticia fresca -su portada, la que más- causaron la molestia del gobierno regional oficialista más de una vez. Independientes y críticos en la pluma al tiempo que esmerados en el concepto gráfico, el único diagramador empezó a trabajar desde su casa, localizada en un pueblo-dormitorio del área metropolitana de San Cristóbal, conforme vio que se agravaba la falta de rutas suburbanas que lo trasladaran hasta la Quinta Luz, la segunda sede histórica que ha tenido el medio. Valderrama, que antes participaba de esa confección in situ, más de una vez descubrió las páginas listas al mismo tiempo que sus lectores.

En las otras dos salas de diagramación del Táchira, no escampa: desde que el único diseñador emigró, una asistente administrativa ha hecho lo propio sin descuidar lo suyo en Diario Católico; La Nación llegó a ser diagramado apenas tres días durante una semana de julio, debido al bajo inventario de papel para editar su ya comprimida presentación de seis páginas.

Los conocedores del diseño editorial ahora maquetan páginas más blancas, signo de la caída de los anunciantes. En Los Andes explican que se mantuvieron más por los avisos y registros de la publicación Los Andes Legales que por la publicidad misma del semanario.

Diagramado a distancia, de contratar un negocio de distribución física del semanario, que en algún momento se volvió imposible por los altos costos, Los Andes viajó en sus postrimerías esos 350 kilómetros al lado de los pasajeros de la ruta Valera – San Cristóbal, sin que esto significara que resultase precisamente “económico”. Ni sencillo.

Sucedió que en una semana de este año no les querían transportar el semanario. Había ocurrido un incidente reciente, por demás sin sentido: los militares de una alcabala, de la alcabala por donde Los Andes había pasado religiosamente durante el último cuarto de siglo, no querían dejarlo avanzar ese día porque alguno conjeturó -sin pruebas, como se improvisa cualquier conjetura- que esos paquetes podrían ser papel para contrabandear en Colombia.

“Los choferes nos decían que perdían alrededor de dos horas dando explicaciones de que eso era un periódico, de que eso no iba a Cúcuta, de que eso lo iban a vender en el Táchira, como siempre. Son cosas increíbles”. El hecho sorprende todavía a Muchacho, un hombre característico por sus lentes y sus leídos artículos de opinión.

 

A mediados de agosto de 2018 dejó de circular el semanario. Se abrió un paréntesis incierto en la Quinta Luz, convertida únicamente en redacción digital que alimenta el sitio web. “La falta de papel los detiene”, titularon la nota editorial, en la que indicaron que únicamente continuarían publicando a la semana Los Andes Legales, “servicio necesario para el funcionamiento jurídico y empresarial del Táchira”.

Desde Valera, motor de Diario de Los Andes, la familia del periódico igual vive una hora menguada porque también debieron mutar a semanario en junio de 2018 y desaparecer en esa presentación dos meses más tarde, tras detallar los costos cada vez más crecientes de la materia prima. La edición zonificada de Mérida ya había desaparecido en papel desde el 2017, aunque allá mantienen dos periodistas web.

Eso, ser la única casa editora andina con redactores en los tres estados de la región, les da empuje para ir más a fondo y dedicar ahora mayores esfuerzos al medio digital; por ahora, su única plataforma.

Independientes y críticos en la pluma, al tiempo que esmerados en el concepto gráfico, el único diagramador empezó a trabajar desde su casa, conforme vio que se agravaba la falta de rutas suburbanas que lo trasladaran hasta la Quinta Luz

El editor Muchacho se escucha tranquilo: “Uno sabe que lo que estamos tratando es de interpretar el sentir de la gente”. La periodista Valderrama cree que el oficio es primero: “Permanecemos abiertos porque los que estamos somos unos soñadores; si no, no existiera, porque ya no es un negocio rentable”.

En la redacción de la Quinta Luz, atenuando el sol, cuelga un pendón grande a modo de cortina para los ventanales. En letras blancas, se lee: “Somos parte de las comunidades, de cada lugar, de cada pueblo, de cada andino, actuando juntos para construir un horizonte donde todos nos conectamos para ser protagonistas, abrir mundos y crear nuevas realidades”.

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